Mi experiencia post-parto


Pensé bastante en escribir este post, pero por alguna razón u otra lo postergué. El cumple número 3 de Teodoro me hizo reflexionar en todo lo que viví hasta llegar acá, y creo que las cosas buenas hay que compartirlas.
El embarazo con Teodoro fue súper bueno, ningún vomito, solo sensación de asco algunos días. Pero si tenia en casa un niño de 2 años muy demandante. Fue un embarazo activo, en el que me dio bastante culpa no tener esa conexión idílica con la panza.
Atravesar un embarazo en otro país, lejos de tus seres queridos, sin ayuda externa, es difícil. Por lo menos para mi, que sentía que no tenía donde recargar fuerzas. En ese tiempo estábamos viviendo en Chile, y mi esposo viajaba mucho. Pasaba días sola con Pedro, inventando actividades, saliendo los dos solos, yendo a visitar amigas, etc. Pedro era mi compañero fiel, me acompañaba a todos lados, porque no tenía con quien dejarlo. Me aferré mucho a estar con el, tanto que cuando pensaba en el parto, estaba más preocupada porque él iba a quedarse solo con su abuela esas noches, que en el parto en si.
Obviamente que ahora miro hacia atrás, y veo todas esas pequeñas cosas que me hicieron vivir todo lo que les voy a contar en un ratito. Mi mamá vino de Buenos Aires para cuando llegara el momento de salir corriendo a la clínica. Un domingo, después de pasar una tarde con amigos, mientras me estaba bañando, empezaron las contracciones. Esperamos algunas horas y salimos para la clínica. A las 9 de la mañana nació Teodoro, según el obstetra: “una guagua porfiada”, porque se giró antes de salir y nació mirando hacia arriba. Cuando me lo dieron, Teo estaba sufriendo. Nació llorando y un poco luchando por respirar. Se lo llevaron al lado para que el pediatra lo revisara, y pasó para mi, un tiempo más prolongado de lo normal. Me acuerdo estar mirando a mi esposo diciéndole que algo no estaba bien. Instinto maternal. Después de unos minutos, nos dijeron que escuchaban el corazón corrido de su lugar, y que probablemente tuviera aire fuera de los pulmones, que tenían que llevárselo a neonatologia para tenerlo en observación. No pude amamantarlo, se lo llevaron así nomas. Las que lo vivieron saben que volver a la habitación después de parir sin tu bebe, es una sensación rarísima. La gente ni enterada del caso, venía a visitarme, pero Teo no estaba. Venían colegas de mi esposo, que llegaron sin preguntar, lo cual me indignó bastante, y yo tenía que explicarles lo que había pasado.
Me ponía nerviosa no ver a mi bebe, no poder tener esa conexión inicial, no poder amamantarlo. Además, por el efecto de la anestesia no podía caminar, tenía que ir en silla de ruedas y esperar que algún enfermero disponible pudiera llevarme a neo para poder verlo. Recién a la noche, después de 12 horas de nacido, pude ir a verlo. No habían dejado que tome nada. Yo estaba desesperada. Insistí tanto que pude amantarlo. Para poder sacarlo de neo, había que demostrar que estaba aumentando de peso, porque al final el supuesto cuadro de neumomediastino no fue tal. Me quisieron enchufar leche de fórmula cuando yo estaba amanatando perfectamente. Un bebe no aumenta de peso en cuestión de horas. Así que cuando me dejaban la leche de fórmula, yo hacia de cuenta que le daba, y cuando se iban, lo amamantaba. En fin, después de toda experiencia, yo lo único quería era volver a casa.
Cuando finalmente pudimos llegar a casa, no solo tenía un bebe recién nacido, si no que además había un nene que me estaba esperando. Muchos me aconsejaron que le dé más atención a Pedro, que era el que entendía, que Teodoro por ahora era muy chiquito.


Mal consejo. Los dos me necesitaban a su manera. Como me falto esa conexión inicial con Teodoro, y al no tener intencionalmente esos momentos para conectar, yo ya sentí que era un tren que había pasado. Me empezó a agarrar mucha culpa. Pero culpa fuera de lo normal. También quise volver a mi vida de antes rápido. Quería cocinar, salir, pero nada de eso se podía. Teodoro empezó a los pocos días a hacer mucho ruido cuando dormía. Se retorcía, roncaba. Un día cuando lo estaba cambiando, lanzó un vomito explosivo. Y ahí empezaron mis sospechas que tenía reflujo. Hice consultas e interconsultas, me recetaron pastillas para él, colchón en 45 grados, etc. Teodoro tomaba pecho y se ahogaba, no dormía. Este combo de preocupación, culpa y no dormir me hizo empezar a pensar lo peor. Yo estaba convencida de que Teodoro era diferente. Pasaban las semanas y no enganchaba visualmente como Pedro (Otro error: comparar a los hermanos). Tardo en sonreír, aumentaba de peso, eso si. Otro error tremendo que cometí fue entrar a muchos foros de madres desesperadas, en donde muchas sugerían el hecho de que sus bebés que eran  como el mío, habían terminado con autismo.
Bueno, el combo perfecto  para la madre desesperada. Empecé a tener pensamientos como: no vas a poder con las demandas de los dos, si no dormís lo suficiente no podes rendir, Teo es diferente, algo no está bien, etc. Muchos pensamientos invadían mi mente constantemente. Pensamientos todos negativos. Sentía como si tuviera una carga muy pesada arriba mío. La mente embotada, como una neblina sobre mi cabeza. Yo seguía haciendo todo, pero con una ansiedad tremenda de que Teodoro crezca y yo pueda estar tranquila otra vez. Yo se que muchas se pueden identificar conmigo en las primeras semanas post parto, pero lo mío se empezó a extender por más tiempo y llegó un momento en que sentí que ya no podía controlarlo. Cuando estas en estas situaciones de ansiedad y miedo, empezas a creerte tus propias mentiras. Dicen que el miedo no es buen consejero. Yo tenía miedo todo el tiempo, miedo a que Teo se ahogue a la noche, miedo a que no se desarrolle normalmente, miedo a que nunca duerma toda la noche seguida, etc
Además, yo sentía que era la única que estaba viviendo esto. Me sentía culpable de no estar disfrutando de mi bebé. Me sentía una mala madre porque no tuve esa conexión inmediata con él.
Podría seguir contándolo de lo tormentosa que tenía mi cabeza, pero creo que me están entendiendo.
Llegó un momento con Teodoro ya de 4 meses, que teníamos vacaciones planeadas. Y me dije a mi misma, si después de estas vacaciones sigo así, voy a pedir ayuda. En las vacaciones tuve mis momentos oscuros, pero en general tuve una leve sensación de estar volviendo a ser la Anto de antes. Sin embargo, cuando volví a la rutina, me vi inmersa de nuevo en este circulo vicioso de miedo-culpa-ansiedad.
Mi esposo me repetía hasta el hartazgo que todo estaba bien, que Teodoro estaba bien, y qué tal vez necesite ayuda externa. Me decía a mi misma: yo no estoy tan loca como para eso. Finalmente me anime a contarles a mis hermanas, que son mis amigas también y fueron un gran sostén. Hablar y ponerle nombre a lo que me pasaba fue el primer paso. Me recomendaron muy buenos libros que leí y devoré. Uno de ellos es de Max Lucado y se llama “Ansiosos por nada” y otro es de Joyce Meyer y se titula “El campo de batalla de la mente”. También tuve muy buenas charlas por teléfono con mi cuñada más grande, que me súper tranquilizó y me dio confianza en mi crianza. Ella que tiene 3 hijas, me explicó como cada hijo es diferente y que hay que saber leerlos y entenderlos en sus particularidades. Que cada bebé tiene sus tiempos y que mientras le estuviera dando amor, todo iba a estar bien.
No entiendo ahora cómo es que me pasó esto con el segundo bebé. Se supone que iba a estar más experimentada, que no me iba a asustar por cualquier cosa, y que iba a confiar más en mi instinto maternal. Me creí muy fuerte, pero no lo estaba. Fue tal vez una forma de decir: No puedo con todo. Tuve que bajar mis expectativas de lo que podía hacer en un día. Tuve que aceptar que no existe la madre perfecta, que con ser suficiente para mis hijos está perfecto. Que no tiene nada de malo aceptar que a veces no estás bien.
Fue un proceso en donde crecimos todos. Cuando Teodoro tenía unos 8 meses aproximadamente, nos volvimos a Argentina a vivir, y de alguna manera u otra, ese cambio me hizo bien. Tener la familia cerca, sentirme contenida, fue un gran respaldo. Teo empezó a interactuar muchísimo, hizo un click en su maduración y ya no tenía dudas de que era un bebé sano, que se desarrollaba a su ritmo.



Me despojé de esa culpa que me ataba y no me dejaba ser feliz. No, esa mamá de uno solo, exclusiva y pendiente de cada ínfimo detalle ya no iba a volver. Sin embargo, apareció otra mamá, que está aprendiendo a confiar en vez de tener miedo. A resolver de otras maneras, a saber cuando pedir ayuda, y a reconocer que el amor en vez de dividirse se multiplica. 
Cuando digo que Teodoro vino a darme vuelta como una media, es cierto. Me vino a enseñar a ser mucho más compasiva conmigo misma y con los demás. A saber que la gente puede aparentar estar bien por fuera, pero estar sufriendo mucho por dentro. Que muchas veces el sufrimiento viene por creer en mentiras que nos decimos, y que ser libre de todo eso es posible. En mi caso, mi fe en Jesús fue lo que hizo la diferencia. El saber que no soy perfecta, que no puedo hacer todo, que me voy a equivocar y que aun así hay alguien que me ama incondicionalmente fue crucial para poder ir avanzando paso a paso.
Gracias por leerme. Cuando estaba en esa situación me hacia muy bien leer testimonios de otras mamás imperfectas y que habían pasado por lo mismo. 
Como dice la frase que publique al principio: "Si hay sombras, es porque también hay luz" Segui caminando, siempre hay una salida. 

Con mucho cariño. 
Anto

3 comentarios:

  1. Anto, mi guagua tiene 2 meses, también fue estresante el post en la clínica, y ha sido un poco angustiante este tiempo. Gracias por compartir tu historia!!
    Cami

    ResponderEliminar
  2. Qué lindo leerte Anto! Aunque no soy madre todavía, cuando lo sea algún día seguramente vuelva a leer esto. También sirve para los que tenemos ansiedad en otros aspectos de la vida. Gracias por compartirlo y ser tan sincera!
    Te mando un beso!!

    Ailín

    ResponderEliminar
  3. Gracias por compartir tu experiencia Anto. Tengo un solo hijo, pero conozco esa sensación que describís de no ser suficiente, de ser imperfecta, de cometer equivocaciones que dan una culpa infinita... Pero el amor también es infinito, todo lo puede sanar y nos muestra el camino. Personalmente me tocó vivir momentos difíciles con mi niño también, y a raíz de eso hice esta canción. Te la comparto porque el estribillo dice algo muy parecido a la imagen del inicio de este posteo. Está bueno saber que no estamos solas. No se de dónde sacamos que teníamos que ser perfectas, en nuestras imperfecciones nos encontramos mucho más.
    Te dejo la canción acá
    https://barbaragilles.bandcamp.com/track/el-color-del-oc-ano
    y te mando un abrazo gigante
    Barbi

    ResponderEliminar

© Actitud y alegría.
Design:Maira Gall.